La entrada de hoy es posible que roce el mal gusto, pero es que su protagonista se vio envuelta en un enorme ‘cul de sac’, y nunca mejor dicho. Para que la escatología no salpique sus pantallas, desde Atolladero, intentaremos que el tratado conjugue la dosis de humor justa con un vocabulario lo más proctológico posible. Los que ostenten un olfato muy desarrollado, absténgase de la lectura.
Gertrudis es una nonagenaria simpática y entrañable. Pese a su edad, se muestra vital y encara el día a día con los desajustes propios de un chasis ya castigado, pero con el humor optimista del que jamás ha tenido achaques severos. Gertrudis y Paqui -su inseparable amiga del colegio y responsable de haber filtrado este material- eran algo así como la versión geriátrica de Thelma y Louis, además de dos auténticas mohicanas de su generación. Por suerte no leen blogs, o eso creemos. Ordenador no tienen, seguro. Procedamos.
En el momento en que Gertrudis empezó a notar que algo funcionaba mal en la puerta de atrás, la cosa ya había tomado dimensiones considerables. Resignada a un nuevo desajuste en su vivida anatomía, pensó que la cosa no iría a más; vamos que nunca creyó aquello de que las cosas siempre pueden ir a peor. A fin de cuentas, aquello no era como un dolor de huesos o un mácula ocular, no era algo para ir explicando, pudorosa ella: se trataba de un prolapso rectal e iba en aumento, como dotado de vida propia. Para aquellos profanos en la película, daremos dos pistas: nula función constrictora del ano sumada a la inexorable ley de la gravedad. Resultado obvio; al margen del nulo control sobre el esfínter -con las complicaciones a la hora de las deposiciones-, el recto de Gertrudis colgaba atrído por el magnetismo terrestre, sobresaliendo un palmo, extracorpóreo.
Y ya se sabe, cuando uno se huele a sí mimso, ya sea pie, axila o ingle sudada es que la cosa tumba; pues imaginen el tufo de un recto colgante. Cuando el hedor se hizo, a todas napias plausible, la reacción no se hizo esperar. Una cosa era lidiar de forma estoica con las incomodidades propias de aquella pelota rectal, y otra muy distinta ir por ahí dando el cante, como el típico sobaquillo de autobús que, en pleno verano, embarga hasta al más anósmico.
‘No se preocupe señora Gertrudis. Aunque esto resulte muy aparatoso es más común de lo que piensa. En su caso, tal vez hubiera podido acercarse antes por aquí, pero ya se sabe, la vergüenza…Lo que está claro es que este percal necesita de una reparación y ya verá como es un momento. Un poco de anestesia local, le damos la vuelta al calcetín -jodido plural mayestático-, un par de puntos de sutura a lado y lado de su maltrecho ojete y para casa’
El facultativo lo encontró tan sobrenatural que hizo llamar, con el consentimiento de la anciana, a algunos compañeros para que contemplaran aquella maravilla médica, endémica de la anatomía de Gertrudis. Como no, había un enorme batiburrillo de camilleros, los auténticos mensajeros de todo cuanto acontece en los hospitales. Había quien incluso hacía fotos con el móvil o grababa pequeños fragmentos en vídeo, atraídos por el pestilente magnetismo de aquel recto girado. Ante tanta expectación, el efecto de los calmantes y alguna que otra broma bien hilvanda, Gertrudis no pudo más que rendirse a los caprichos del insondable cuerpo humano y acabar por reír ella también. Lejos del bochorno y con el puestazo del relajante muscular, el médico echó a todo el mundo y procedió con la anestesia local.
Mientras el doctor empujaba hacia las entrañas de Gertrudis aquella masa apestosa y tumefacta con los dedos corazón y anular, nuestra nonagenaria amiga sacaba sus conclusiones y repetía en su cabeza: ‘¡lo ves Paqui, la vejez es jodida, pero aún se puede figurar!’.
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