The Banana Tribune

Viernes, 30 de julio de 2010     

TVE convierte a John Cobra en una víctima

26 Febrero 2010

cobraTVE ha tenido un ataque de mala conciencia. Primero llevó a John Cobra a su gala de Eurovisión, porque no encontró motivos para cargárselo en la fase previa, como se cargó a Karmele Marchante y a varios frikis más que quedaron atrapados en los filtros que se tejieron para impedir que se repitiera otro fenómeno como el de Chikilicuatre.

Pero la letra de la canción del Cobra no había por donde descalificarla. Es la historia de un chico que se enamora perdidamente en el autobús: “Con tal de estar contigo me iría bajo un puente, Carol“. Y la canción llegó a la gala final donde el rapero y ex presidiario se tomó fatal que el público le abroncara y se soltó las riendas respondiendo con la mano en la entrepierna y reiterando la expresión “chúpame la polla”.

Ante esto TVE no tuvo otra reacción que la que tenía el Generalísimo ante lo que no le gustaba: la censura. Censuró las imágenes del incidente primero en su propia web y después extendió la censura a todas las copias que se habían subido a Internet. THE BANANA TRIBUNE, que había subido a Youtube un montaje satírico comparando los gestos del Cobra con la peineta que hizo José María Aznar a los estudiantes que le abroncaban en la Universidad de Oviedo, fue una víctima más de esta censura desenfrenada.

Si TVE hubiera dejado las imágenes del incidente en su web y hubiera respetado las copias y montajes en Internet habría cumplido con su misión de televisión pública de informar de lo que pasa no sólo en el mundo sino también en su propio plató. La misión de informar incluso de aquello que no le gusta. Pero no lo hizo y prefirió recuperar unas prácticas que creíamos ya olvidadas en esta casa. Así sólo consiguió alimentar las ansias de ver las imágenes prohibidas y potenciar la figura de alguien que ha ido más allá de lo que permite el buen rollo, los modales y el sistema.

Lo que hubieran sido cinco minutos de gloria y poco más para el rapero se ha convertido en un episodio de censura a la sociedad española y de agresión al mundo de Internet. TVE creó un monstruo y cuando no pudo controlarlo no tuvo mejor idea que censurarlo. Y la censura, como ha ocurrido siempre, no denigra al censurado sino al censor.

Goma de mascar

8 Febrero 2010

“Arrgh! ¿¡Qué es esta asquerosidad que está pegada en la silla!?
¡Pero si parece un chicle! ¿Quién ha sido el guarro que ha dejado un chicle pegado en la silla?”

Hubo una bronca: “Yo no he sido”. “Pues si no has sido tú, ¿entonces quién ha sido?” “Pues tú sabrás, yo llevo meses sin comer chicle”. Después vinieron los intentos de arrancar y limpiar la masa babeada. Pero no hubo manera, como más rascaban más pegada parecía. “No te preocupes. Buscaré en internet cómo quitar un chicle pegado en una silla”.

Como que al día siguiente tenía que presentar en el cole una redacción sobre ‘La película ‘Pagafantas’ y las chicas que sólo te quieren como amigo’, se instaló en otra silla.

Empezó a escribir: “La película de los Pagafantas es una tontería para niñatos que…” Y, de repente, se paró. Estuvo dos segundos quieto, tenso como un poste eléctrico. Después se llevó la mano al culo, donde había notado algo raro, y estuvo a punto de vomitar al darse cuenta de que llevaba algo pegajoso en el pantalón. Se levantó para mirar. “¡Arrgh!” La silla tenía otro resto de chicle, igual que la de antes. Menos gordo, pero igual de asqueroso.

“Pero, ¿quié se dedica aquí a ir pegando chicle en el culo de las sillas? Como me entere me lo cargo a leches”.

Cabreado como una mona decidió irse a dar una vuelta. Fue a por la bici, pero, “arrgh!”, el sillín de la bici estaba coronado con un pedazo de chicle vomitivo. “¡Ah! -chilló a solas-. Entonces he sido yo quien ha ido esparciendo chicle por los culos de las sillas de la casa”.

La rubia

El periódico de aquel día abría en portada con la propuesta del Gobierno de retrasar dos años la jubilación, hasta los 67 años. En la foto aparecía la ministra, de espaldas, con un manchón al nivel de las posaderas. En un recuadro, al lado, Elena Salgado expresaba su protesta a los sindicatos porque sospechaba que alguien había intentado boicotearla poniéndole un chicle en la silla. La ministra pedía diálogo y juego limpio.

El negro

El mismo día, a las 09:47 pm, la CNN captó al presidente Barack Obama bajando del helicóptero presidencial y saludando a un grupo de niños que le daban la bienvenida cantándole el himno nacional. El presidente se inclinó para dar la mano a uno de los pequeños y la cámara recogió con claridad la mancha pegajosa que colgaba en el voladizo de la chaqueta del primer mandatario negro de la historia de los EEUU y el primero inmortalizado con un chicle pegado en el culo.

El blanco

A muchos kilómetros de allá otro señor se preguntaba, cariacontecido, cuánto tiempo habría estado llevando aquella porquería estampada en su vestido largo hasta los pies. “¿Alguien se habrá dado cuenta?”. Y, además, “¿Cómo se me ha podido pegar un chicle usado si hoy no he salido y nunca he visto a ninguno de mis ayudantes mascar chicle?”. Benedicto XVI intentó arrancar la masa pegajosa de su sotana blanca pero sólo consiguió pringarse los dedos y meterse restos de goma de mascar entre las uñas.

El imprudente

En este mismo momento usted, querido lector, tiene el culo sobre una silla. Lo ha puesto sin antes mirar que no hubiera un chicle esperándole, dispuesto a dejarle pringados esos pantalones que tanto aprecia. Yo, de usted, me levantaría un momento, con discreción, y me pasaría la mano por detrás.
 
Después ya me contará.

Autobuseros y autobuseras

25 Enero 2010

Debo confesar que he practicado la autocensura. Una vez. Hace poco.

El autobús iba medio lleno, con algarabía de bachilleres en la parte posterior y, en la de delante, un siseo de ejecutivos con su móvil y un repaso de enfermedades de los mayores que venían del médico.

La primera en darse cuenta fue una de las señoras que volvían de buscar recetas para las pastillas de la presión: el bus se había pasado una de las paradas sin detenerse, pese a las varias lucecitas rojas que anunciaban parada solicitada.

Hubo un revuelo de incredulidad, primero, y un conato de motín, después. Pero todo quedó en una malhumorada disculpa del conductor y un cabreo de los usuarios indignados porque les tocaba caminar la distancia de una parada, de vuelta atrás.

Yo lo vi, pero no escribí nada. Apenas lo comenté con los más íntimos porque había un elemento especial: la persona que conducía el bus era una chica. Una treintañera, con una media melena rubia francamente desgreñada.

Con lo de estar a favor de que las señoras también conduzcan los autobuses y de otras igualdades, pensé  que si lo contaba iba a parecer un gran machista y, además, a mostrarme descaradamente partidario de que a ninguna señora se la deje poner de nuevo ante el volante enorme de un autobús, lo que no es el caso.

Callé.

Pero ya no callo más porque, ayer mismo, en otro recorrido de autobús el conductor se olvidó de girar en una calle donde le tocada poner el intermitente e ir a la derecha. Y era un señor el que conducía.

Y, después de observar esta pequeña tendencia de autobuseros/as que van pensando en sus cosas y olvidan que llevan a bachilleres con ganas de entrar en casa y tirar la maleta al suelo y viejitos que anhelan llegar a su cocina y coger el vaso de la pastilla, pues me alarmo.

Incluso he hecho mis teorías. Nadie me lo ha dicho, pero sospecho que la conductora que se olvidó una parada en realidad quería llegar antes a casa para pillar el comienzo de Donde estás corazón, que cada día se la encuentra empezada y ya está harta. Y el conductor, seguro que no giró a la derecha, donde debía, porque por ahí anda la oficina donde tiene contratada una hipoteca que le corroe cada día 30. Y le dan ganas de huir cuando lo piensa.

Tal vez en un próximo viaje me toque un autobusero/a romántico/a que me lleve al País del nunca jamás, como el espejo que se llevó a Alicia. Y a usted, amigo/a lector le deseo un bus que le lleve a donde sueña.

Si cunde el ejemplo acabará la paz viaria y llegará la paz a los corazones. Y si la cosa se extiende habrá maridos/esposas que pasarán de largo, sin parar, delante de su casa y puede que el ejemplo cunda y ya nadie logre llegar, por despiste, a donde iba sin gusto y todo sea un caos de personas felices y desubicadas.

La importancia de una coma

17 Enero 2010

Ella le dijo: “Esta noche no, me duele la cabeza”. Pero él entendió: “Esta noche no me duele la cabeza”. Así, sin coma. Entonces él inició lo que Napoleón habría denominado “un ataque envolvente”. Pero ella, que tenía muy claro que había dicho que no, coma, que me duele la cabeza, emprendió una contramaniobra que el mismo Napoleón denominaría operación de rechazo masivo del asalto enemigo.

Andan confundidos aquellos a quienes les llegó alguna narración parcial de lo que allí ocurrió. Pero todos coinciden en que el encuentro no acabó victoriosamente para ninguna de las partes.

Se sabe que ella se dio la vuelta, ocultándose bajo una manta como un ejército que regresara a sus cuarteles de invierno. Sobre él hay división de opiniones. Unos cuentan que, nada contento, dejó la habitación en dirección al mueble bar. Otros aseguran que se marchó en dirección al lavabo, de donde tardó un buen rato en regresar.

La pescadera que está de villancicos hasta los rizos

3 Enero 2010

Yo no sé la suya, pero mi pescadera del súper está de villancicos hasta donde le empiezan los rizos. “¡Es que llevamos así desde noviembre…!” Y yo que pensaba que la inmigración centroamericana flipaba con los peces que beben en el río. “Pues no, ‘tamos hartas. Y si lo pregunta a mis compañeras todas le dirán lo mismo. Si no está el encargado delante, claro”.
Berta del Socorro es morena, con un guapo café con leche, algo llenita y habla poniendo los labios para afuera, como si estuviera por apagar una vela. Destripa los rapes usando sólo la punta del cuchillo, con una soltura que ya quisiera Jack el de los destripes.
Le digo que, por lo menos, en casa habrá podido estar tranquila, sin villancicos. Pero dice que no, que su Marvin Humberto es muy familiar y tradicional, y que si no pone villancicos le parece como que no quieren la Navidad y no dan la bienvenida al niño Dios.
La guerra del villancico es lo que han tenido en casa estos días. Discusión diaria por si había que poner El camino que lleva a Belén o un son tipo Nuestro amor se ha vuelto ayer, de Victor Manuelle. Pero al final, me cuenta, siempre llegan a una reconciliación superdulce, “que mi Marvin Humberto es muy hombre y un cariño”.
Pero con el encargado todo está más chungo. Les dice que si no echaran villancicos los clientes no comprarían turrón. Ni centollos de los que aún mueven la cola. Y todas se quedarían sin trabajo. Pero ellas no lo creen y tratan de negociar algo así como que cada media hora les pongan ni que sea Julio Iglesias. Pero que no, que no se salen de tamborileros con voz de tísico y de peces que se beben toda la basura que baja con el río.
“No sé para que necesitan las depuradoras”, concluye Berta del Socorro, que es una cachonda.

La amable pareja del cine

27 Diciembre 2009

Llovía y hacía un frío polar. Me refugié en el cine. Me dieron una butaca en una fila larguísima que estaba vacía cuando llegué, cinco minutos antes de que empezara la peli.
Iba con el abrigo y la bufanda, la maleta, el paraguas y tres bolsas con compras navideñas. Como la peli que echaban era de estreno desconfié de las butacas vacías y me senté sin ocupar con mis trastos la butaca de al lado. Me puse encima de las piernas la maleta, encima el abrigo y la bufanda, luego los paquetes y, a un lado, el paraguas goteando. Todo bien ordenadito para ver las tres horas de Avatar.
Al cabo de un minuto llegaron mis vecinos de butaca. Una pareja simpática que, al verme con tantos trastos encima, se ofrecieron a desplazarse una butaca para que yo pudiera colocar todo lo que tenía instalado encima de las piernas.
Les dije que no, que gracias, que seguro que iba a venir más gente, y que prefería seguir con todo el lío que llevaba encima. Pero dijeron que no, que de ninguna manera, que a ellos no les importaba en absoluto correrse una butaca. Que estaban encantados de cederme su sitio.
Repliqué pero no sirvió de nada. Tanta amabilidad encantadora me hizo sentir obligado a deshacer el rascacielos de trastos que tenía sobre la falda y colocarlo en la butaca que me habían cedido.
Qué descanso. Me sentí más libre que Nino Bravo.
La pareja amable se olvidó de mí y empezó a hacerse arrumacos, inspirados por la luz escasa y acogedora que reinaba en la sala.
Al poco se apagaron todas las luces y empezaron a echar tráilers.
Y de repente, como no, llegaron los que faltaban para llenar la fila. La pareja amable me dijo “Qué lástima. Lo sentimos”. Y me tocó recoger a oscuras todos los enseres que había esparcido por la butaca vecina para reconstruir la torre de Lego sobre mis piernas.
Con las prisas para no perderme el inicio de la peli, puse primero el abrigo y la bufanda, después cogí la cartera, que es de las que no cierran, y empezaron a desparramarse por mis piernas y por el suelo oscuro los bolis, las pastillas Valda y el cepillo de dientes. Una de las bolsas de regalos se enzarzó con la varilla rota del paraguas y se rajó soltando los chuches que había comprado para mis sobrinos.
Era la fila 11, asiento número 12. Si alguien encuentra allí un boli con tinta color fucsia agradeceré me lo haga saber para pasar a recogerlo. Era el recuerdo de una novia de adolescencia que hace muchos años lo usó para dibujarme un corazón atravesado con una flecha.

Avatar

27 Diciembre 2009

Una escenografía para adultos listos, con 3D a punta pala, y un argumento para niños tontos, con un poco de ecologismo.
Imprescindible ver la versión en 3 dimensiones.

El sobre azul

11 Diciembre 2009

Era un sobre azul. Lo llevaba en la mano. Por encima de los guantes podía verse, incluso, el sello de correos que iba pegado. Era una chica joven, media melena morena y lacia cayendo sobre el abrigo.

Llegó hasta el buzón, amarillo y repleto de pintadas negras, y echó el sobre azul por la boca con el mismo cuidado que si colocara una copa de cristal en una alacena.

Después llegué a casa, abrí el ordenador y en el correo había diez, quince, no sé cuantos mails entrados sin ningún mimo. Los borré todos sin abrir y me puse ante la ventana. Mirando a ver si llegaba un cartero con un sobre azul.

Cantona, hada madrina

5 Diciembre 2009

El ídolo de los estadios puede servir de algo más que de referente del triunfo. Puede ser el hada madrina que ayuda a su protegido en los malos momentos. O el ángel de la guarda. Un santo. Un dios. Un psiquiatra a quien consultar cuando uno está al bordo del colapso.
Esto es lo que defiende Buscando a Eric, la última película de Ken Loach, el director británico especializado en retratar las miserias de la Inglaterra de Margaret Tatcher.
Un cartero seguidor del Manchester United y en especial de su histórica estrella Eric Cantona sobrelleva su existencia ruinosa, con dos divorcios, un par de hijos adoptados que pasan de él, una casa que parece un basurero y una aburrida vida de repartidor de cartas. Sólo le ayuda a sobrevivir su peña de amigos seguidores del United.
Pero un día, mientras está mirando el póster de su jugador preferido que tiene colgado en la habitación, se le presenta el mismo Cantona para echarle una mano, igual que a la Cenicienta se le aparece el hada madrina.
A partir de aquí la película mezcla los intentos del cartero para hacer frente a sus problemas con un valeroso acercamiento a lo que hay detrás del mito futbolístico. El cartero pregunta al jugador retirado si no le daba miedo oír a 70.000 personas en el estadio (el viejo Old Trafford) coreando su nombre. Y el ex goleador le responde que no. Que lo que realmente le daba miedo era la posibilidad de que dejaran de corearlo. ¡Uau, qué secreto acaba de soltar el gran futbolista!: a nuestros mitos no les asusta el hecho de serlo, sino la posibilidad de que un día dejen de serlo. Un estadio en silencio es una losa definitiva para aquél que unos días antes había escuchado a las gradas encendidas entonando su nombre.
Y así el futbolista francés que arrasó en Manchester muestra algunas de sus debilidades humanas. Se fuma un par de porros con el protagonista, muestra sus pinitos como trompetista y suelta alguna que otra perla para delicia de desmitificadores del balompié. Cuando el cartero le pregunta cuál es el gol que más recuerda, él le responde que lo que más recuerda no es ningún gol, sino un pase a un compañero para que fuera él quien lo marcara.
¡Toma mensaje! El ídolo cuenta que un jugador sólo no vale para nada, que lo que cuenta es el equipo. Lección de solidaridad en época de individualismo atroz, y en boca de un triunfador.
Sonaría a panfleto si sólo lo dijera el director. Pero suena a música celestial si nos lo dice un mito viviente. Qué bien que los ídolos sirvan para algo más que para protagonizar anuncios en televisión.

La resurrección de don Helenio

30 Noviembre 2009

El gran fútbol sólo entra en la historia cuando lo acompañan grandes frases. El primer gol que marcó Argentina a Inglaterra en el Mundial de 1986, en México, apenas lo recordaría nadie si no fuera por la gran frase con que su autor, Diego Armando Maradona, justificó que lo había metido con la mano fingiendo que le daba con la cabeza. Maradona dijo que lo marcó “un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios“. Incluso un personaje tan poco leído como José Luis Núñez pasará a la historia porqué también tuvo su frase mágica: “Con 2.000 millones (entonces eran pesetas) ficha hasta mi portera“. Valdano, el segundo más grande hacedor de bellos palabros futbolísticos de la historia, dijo, entre otras muchas maravillas, que “los grandes delanteros, como los buenos perfumes, vienen en frasco pequeño“.

Como se va viendo, la mitad, o más, de las grandes frases futboleras vienen del continente suramericano. De Argentina para ser más concretos. Si antes decía que a Valdano lo tengo catalogado como el segundo mayor hacedor de frases de la historia balompédica se debe a que es prácticamente imposible destronar al número uno. Otro argentino. El Mago. Helenio Herrera, HH como nombre de guerra.

Si el hombre de las dos H viene hoy a este blog no es porque dijo que “ganaremos sin bajar del autocar” o porque castigó a uno de sus jugadores por decir que “vamos a jugar en Roma” en vez de decir “vamos a ganar en Roma“. Si hoy traemos a HH a esta página virtual es porque a este hombre menudo y de voz atiplada pertenece una frase que lució como el oro en el partido entre el Barça y el Madrid (1-0) en el Camp Nou: “Se juega mejor con 10 que con 11“. ¿Esto es hacer de la necesidad virtud o es la manifestación de una profunda sabiduría reservada a los pocos Shakespeares que el fútbol ha dado? Si se lo hubieran preguntado a Guardiola al final del partido hubiera dicho que ni hablar, que es de locos jugar con uno menos. Y lo demostró encabritándose y golpeando todo lo que se le puso a tiro cuando vio al árbitro levantarle la roja a Busquets. Pero, en cambio, si se lo hubieran preguntado a Pellegrini estoy seguro que hubiera dicho que sí, que lo pasó muy mal su equipo jugando sólo contra 10.

¿Excusas de mal perdedor? Puede que sí. Pero en este deporte donde los jugadores aún salen santiguándose y pisando siempre el terreno de juego antes con la derecha que con la izquierda, en ese deporte donde todos consideran que, al final, que entre o no entre el balón en la portería no es más que arte de magia o brujería, la frase del genio Herrera es lo que hubiera dicho Pellegrini si se lo hubieran preguntado: sí, se juega mejor con 10 que con 11. No por nada, sólo porque jugar con un expulsado en como cruzarse con un entierro, pasar por debajo de una escalera, como apartarse si viene un gato negro. El fútbol, deporte atávico por más modernizaciones que se le intenten, sigue creyendo que da suerte que los jugadores se santigüen al saltar al campo. Y que da mala suerte jugar contra 10.

El público es el jugador número 12 y la suerte es el jugador número 13. Pero nadie lo dice; sería como mentar la soga en casa del ahorcado.